¿Hacia un nuevo bipartidismo?

Por Javier Ávila

Es muy interesante realizar un relato cronológico de la evolución política durante el último año para comprenderla y, lo que es más importante, prever su futuro próximo.

A comienzos de 2014 el bipartidismo (y sus adláteres nacionalistas) ya daban muestras de desintegración interna ante el descrédito que se generaliza en la población. Las encuestas comanzaban a dar subidas importantes a los dos partidos que, hasta entonces, luchaban contra el bipartidismo (IU y UPyD), algunas hablaban de un 15-20 % de votos a IU y algo más del 10% a UPyD. Pero el gran capital no estaba muy contento con el ascenso de IU, un partido en el que es muy difícil cooptar a toda la cúpula (aunque en Madrid tuvieron algún éxito).

Aparece Podemos, sin recursos y con un programa electoral casi calcado del de IU. Los medios ven un filón en la posibilidad de parar el auge de IU y dividir el electorado de izquierda real en dos grupos no molestos y dan un protagonismo extraordinario a sus líderes. Así en las europeas de mayo, IU obtiene un 10% de votos y Podemos un 8%. Objetivos logrados.

Sin embargo, la prensa y el descontento generalizado, así como un argumentario generalista sin decantación ideológica llevó a Podemos a espectativas de voto del 20% y muchos se frotaban las manos ante la inminente desaparición de IU, algo muy difícil por su enorme bagaje histórico y cultural. El Podemos de verano de 2014, tampoco era un partido que convenciera al gran capital nacional e internacional (que controla los medios informativos). Progresivamente se ha ido produciendo un apagón informativo sobre Podemos (IU siempre lo ha sufrido) hacia otro proyecto nuevo a nivel nacional: Ciudadanos.

UPyD se había demostrado ineficaz como alternativa al PP (le ha tocado vivir unos tiempos poco proclives a ello) y los medios se fijaron en Ciudadanos, un partido con modesta implantación en Cataluña gracias a su discurso españolista, en muchos aspectos cercano a la extrema derecha. Pero el cambio de imagen se produjo copiando la dialéctica generalista de Podemos, desplazando el españolismo por la corrupción (sin más pretensiones importantes) y, con el mismo programa electoral del PP y el importante empujón mediático, se quiere convertir en el recambio del PP. Así, la disgregación de este y de UPyD dará lugar al nuevo gran partido de derechas, neoliberal.

Es un motivo de estudio sociológico el enfermizo empeño de la mayoría de políticos españoles de declararse de centro o ciudadano común (¿un apoliticismo heredado del franquismo?). Así, por ejemplo, los nombres ya son significacitivos. Partido Popular (de todo el pueblo) podría ser una peña taurina o una asociación de amas de casa. Ciudadanos (todos, claro) podría ser un colectivo de consumidores o de amantes del transporte público. Podemos (nombre sugerente) podría ser un colectivo cuyo fin sea el desplazamiento del cauce del Ebro o la construcción de un campo de fútbol. Del PSOE mucho se puede decir pero nada en favor de la ideología que sus palabras encierra y de la que sus propios dirigentes reniegan (pues no se consideran ni socialistas ni obreros). Unión Progreso y Democracia es lo que prometen todos y después no cumplen, que se lo pregunten a Convergencia y Unión. En estas presentaciones cabe cualquier tipo de ideología y, curiosamente, suele estar enmascarado el neoliberalismo o control del mercado sobre la economía y vida de las personas.

Este empeño por despistar o aturdir al electorado sólo puede deberse a la escasa capacidad de convencer con los hechos, ya que acaban contraviniendo sus promesas electorales.

En vista de lo sucedido, el gran capital ya tiene el recambio del PP, al que ya ha comenzado a abandonar en favor de Ciudadanos. Y también tiene el recambio del PSOE, al que todavía no ha abandonado, hasta que Podemos renuncie a sus principios transformadores, un camino que ya ha emprendido.

Al final, si los votantes, ciudadanos, obreros, funcionarios, jubilados, amas de casa, etc no lo evitamos, se cumplirá el dicho de cambiar todo, para que nada cambie.

Sin embargo hay un tema sobre el que casi todos pasan de puntillas. Es, precisamente, el desarrollo incontrolado del neoliberalismo el que ha destruido la economía productiva en favor de la especulativa de “los mercados” multinacionales cuyo principal objetivo es la acumulación de capital o dinero que sólo puede salir del esfuerzo de los trabajadores, obreros, asalariados, funcionarios y jubilados. Esto conlleva, inevitablemente, una redistribución injusta de la riqueza, empobreciendo a los pobres y enriqueciendo a los ricos. Un ahondamiento o continuísmo en estas políticas, como proponen casi todos los partidos mencionados, igual que la Troika, sólo puede llevarnos a más precariedad y peor calidad de vida, lo que ya se conoce como estado del medioestar, una situación muy parecida a la sufrida por Latinoamérica  en los años 70 y 80 del siglo XX y de la que están saliendo ahora con políticas socializantes y de soberanía económica. Aquí un sólo partido es claro en su oposición al neoliberalismo y su bipartidismo controlado: Izquierda Unida.