¿La historia se repite cada siglo?

Por Javier Ávila

En 1929 se produjo el crac económico más importante del siglo XX. La desregulación del sector inversor animó una especulación en los mercados financieros que acabó en una implosión de la bolsa con la pérdida radical de valor de los activos inflados. Muchos banqueros e inversores, arruinados, decidieron suicidarse. La crisis se extendió en los años treinta por el resto del planeta.

En España, la dictadura de Primo de Rivera (asonada reaccionaria patrocinada por Alfonso XIII ante el avance de los sectores obreristas tras la revolución rusa) se hallaba totalmente desprestigiada. Había sido instaurada en 1923 por el agotamiento y descrédito social del sistema de alternancia política (conservadores y liberales) que había establecido la Restauración borbónica. El caciquismo (y su red clientelar) había llegado a su máxima expresión, la política era un modo de medrar, la corrupción estaba generalizada y los problemas del país recaían sobre la mayoría de la población empobrecida (como la recluta para la guerra colonial de Marruecos). La crisis económica ya había llegado a España y los rentistas habían retraído su escasa actividad inversora. En las elecciones que se convocaban sólo podían participar los varones que sobrepasaran cierta renta anual (eran, por tanto, minoritarias).

En esta situación fue creciendo un sentimiento de indignación en la sociedad española que estalló el 12 de abril de 1931 en las elecciones municipales, donde el triunfo electoral y, sobre todo, moral fue para las candidaturas republicanas (su primer objetivo era la regeneración política). El pueblo se echó a las calles a celebrarlo. La Constitución de 1931 diseñó un sistema electoral por mayorías que condujo, inexorablemente, a un sistema bipartidista en 1936 (no debemos desdeñar la importancia de este hecho en la explicación de los orígenes de la Guerra Civil).

En 2007 se produjo el crac del sistema hipotecario estadounidense por la negociación en mercados secundarios de hipotecas concedidas sin garantías suficientes (consecuencia de la desregulación del sector inversor producida tras la caída de la URSS). Esto fue debido a que se concedían excesivas hipotecas sin requisitos pues su negocio no era el hipotecario sino la especulación con ellas en mercados de derivados. Como todos los procesos especulativos, por su carácter piramidal (hace falta que entre capital por la base para mantener la cúspide, así que cuando se agota la posibilidad de nuevo capital, la pirámide se desploma) se llegó a su implosión.

Obviamente y debido a la interrelación del capital internacional, cada vez más monopolizado, la crisis se ha extendido rápidamente por el resto del globo.

Al mismo tiempo, el sistema electoral español impuesto en la Constitución de 1978 está, también, basado en las mayorías, por lo que ha devenido, prácticamente, en sistema bipartidista. La distancia entre políticos y ciudadanos es abismal. El caciquismo (y su red clientelar) ha llegado a su máxima expresión, la política es un modo de medrar, la corrupción está generalizada (como no puede ser de otra manera en sistemas políticos donde los candidatos se perpetúan en el tiempo) llegando a la misma casa real y los problemas del país recaen sobre la mayoría de la población asalariada en fase de empobrecimiento. La indignación social, de carácter creciente, ya está dando sus avisos.

El golpe de Estado incruento ya ha sido realizado por el gobierno Zapatero, con la anuencia del monarca, con el fin de defender a las clases poderosas y traicionando a sus propios electores.

Todo parece indicar que, si se repite la historia, en unos pocos años asistiremos a algún tipo de revolución social que conducirá a un nuevo sistema de Estado (¿la República?). Como es obvio, por su carácter democratizador, no será del agrado de las clases acomodadas ni del capital internacional ni del gobierno USA; que intentarán, indudablemente, revertirlo. Entonces deberemos haber aprendido algo de 1936 y sentar las bases sociales que impidan una asonada (no necesariamente militar) que derroque el nuevo orden.