Nostrus, nuestra moneda

por Javier Ávila

Algo se ha debatido y mucho se va a debatir sobre si España (y otros países) pueden convivir en el euro. La moneda en sí no impide tal convivencia, pero la edificación de la Unión Europea sin una unión fiscal y con un Banco Central cuyo objetivo es el control del déficit público pero, como sólo puede prestar a los bancos privados, está imposibilitado de ayudar a su control por la vía del préstamo directo a los gobiernos (como hace la Reserva Federal Norteamericana o hacía el Banco de España), imposibilita que países con diferente potencia económica puedan convivir armoniosamente. De hecho, la actual construcción financiera de Europa conduce a que las empresas y bancos de los paises fuertes acaben dominando a los de los países débiles, que pasan a ser, en la práctica, colonias. Los estudios de la economista italiana Loretta Napoleoni han determinado que, en contra de la intención original de que el euro sirviera para homogeneizar las economías de los países europeos, ha producido un distanciamiento de las economías de los países ricos y los pobres.

Esto ha sido así porque el colonialismo impuesto como condición sine qua non para el ingreso de los países en la Comunidad Económica Europea (recordemos que España debió desmontar su industria pesada, láctea, naval, etc y la venta de otras como Iberia o automoción en favor de las economías previas) ha permitido salvar a los países ricos de la crisis, por su mejor posición competitiva (sus economías, ya que sus trabajadores ya están sufriendo los ataques neoliberales con la excusa de la crisis). De momento, ya que, como venimos defendiendo desde el inicio, las crisis acometidas con políticas procíclicas o restrictivas, acaban alimentando la crisis. Así, la crisis ya está entrando en los países del norte.

En estas condiciones, las actuales, que Alemania no quiere cambiar, la deuda de los países del Sur es impagable y el problema de desempleo no vislumbra solución en menos de 20 años. Sólo se presentan tres opciones para que los países europeos, como España, corrijan sus desequilibrios económicos y sociales -por la vía de la devaluación monetaria-: un euro a dos niveles, uno fuerte para los países ricos y otro débil para los pobres (defendido por economistas como Allan Meltzer y Loretta Napoleoni); el abandono del euro por parte de Alemania (lo defienden economistas como Stiglitz o Alberto Bagnai) o el abandono del euro por parte de los países pobres (Jacques Sapir preconiza la salida de Italia del euro en 2015, algo que también se escucha en el propio gobierno italiano, lo que arrastraría a otros países como España y Francia). El abandono de Alemania produciría menor conmoción en el euro y mejoraría ostensiblemente las economías del Sur.

Parece que Alemania no quiere moverse, por lo que sólo quedaría el tercer caso, ¿volveríamos, entonces, inexorablemente a la peseta? No necesariamente.

En un mundo globalizado, ningún país puede actuar individualmente. Cualquier decisión, y más si es rupturista con el control mundial de los mercados, debe ser consensuada con otros países. Así, parece lo más natural, que España establezca nuevos vínculos comerciales preferentes con países del entorno con economías de potencias similares. Aunque parezca casualidad, esos países se hallan en el Mediterráneo. En este entorno son posibles unas nuevas reglas comerciales y una nueva moneda común: el nostrus (observese que también podría ser el euro débil). Un nuevo espacio económico con reglas más humanas, el “ALBA mediterráneo” en palabras de Luciano Vasapollo.

La posibilidad de que pudiera extenderse a todo el Mediterráneo fue disuelta con las guerras, promovidas por Estados Unidos y Alemania, en Libia y Siria y con el golpe de Estado en Egipto. ¿Quizás intencionadamente?

Pero España (y Portugal), en un nuevo entorno de relaciones internacionales, tiene una gran posibilidad de comercio con las economías emergentes de los BRICS a través de las economías pujantes de Latinoamérica organizadas en torno al ALBA y Mercosur, donde ya funcionan con una moneda virtual llamada SUCRE y unos intercambios comerciales menos especulativos. Estamos hablando de una vuelta hacia atrás, de una desglobalización económica en palabras de Sapir. ¿Podría ser el NOSTRUS el salvador de las sociedades mediterráneas?